¿Por qué Japón?

Quienes estén acostumbrados a las entradas de este blog habrán visto principalmente reseñas de anime, crónicas de eventos o del viaje a Japón, alguna noticia que me haya parecido reseñable...

Sin embargo hoy me vais a permitir que me ponga un tanto nostálgico. Hoy se cumple un año desde que Albitxu y yo iniciamos nuestro viaje a Japón, y cada recuerdo del viaje sigue aún grabado en mi memoria. Todavía recuerdo cargar por Barajas maleta en mano con la ilusión de un niño pequeño. Por una razón u otra, he tenido la suerte de poder viajar bastante y visitar países como Inglaterra, Irlanda, Francia, Alemania, Dinamarca, Eslovenia o Marruecos. Sin embargo, esta vez tomamos la determinación de ir a ver al fin aquel país que tenía tantas ganas de visitar, y no podía evitar tener los típicos nervios de expectación antes de un viaje que se lleva esperando mucho tiempo.

Era consciente de que, cuando visitase Japón, el lugar seguramente me gustaría mucho...pero no podía esperar que tanto. Hay quien dice que, generalmente, el primer viaje que se realiza a cualquiera de los países de Oriente marca profundamente nuestro espíritu, seguramente debido al gran abismo cultural que ha existido siempre entre Oriente y Occidente, y supongo que eso fue lo que me pasó a mí, pues al volver me fui dando cuenta de que podía ordenar los países que había visitado en función de lo que me habían gustado, y algunos de ellos se situaban claramente por encima de los demás. Sin embargo, ninguno de ellos pudo alcanzar ni por asomo las sensaciones con las que me volví de Japón.

Y es que supongo que eso fue lo que me enamoró de este lugar. Al igual que otros países, tiene turismo de muchos tipos (medioambiental, artístico, gastronómico, de ocio...) pero para mí no destaca por practicar un tipo u otro de turismo, sino por las sensaciones que deposita en ti.

Puede que fuera porque en este viaje estuve allí un mes, tiempo que superaba con creces a mis estancias en los demás países europeos. Puede que fuera porque tuve la oportunidad de alquilar un apartamento (y además de estilo japonés) y hacer turismo con calma, sin un horario a rajatabla hecho para conseguir ver todos los monumentos en tres días. Puede que fuera porque por primera vez tuve oportunidad de vivir a solas con Albitxu y comprobar que no había problemas de ningún tipo. Puede que fuera por el carácter afable de los japoneses. Sea por lo que fuere, lo que sé es que durante ese mes, me sentí como en casa. Tanto es así, que tanto durante el viaje, como ya después para referirnos al apartamento que alquilamos, nos referíamos a este involuntariamente como "casa". No puedo dejar de recordar una y otra vez las visitas al Tokyu Store una o dos horas antes del cierre, buscando cenas con descuento y tratando de localizarlas antes que otros japoneses, como quien busca hacerse con el mejor conjunto de ropa en oferta.
Tokyu Store junto a la estación de Higashinagasaki


Si de algo me di cuenta al volver, era de la cantidad de "resortes": canciones, paisajes, comidas, olores... Sensaciones de todo tipo que ahora no puedo captar sin acordarme de Japón. Canciones como Connect de ClariS, el opening de Totoro, Uki Uki Midnight de Babymetal o la voz de Hikaru Utada me traen, con sólo escucharlas unos segundos, recuerdos imborrables de Japón. Algunas con razón, como el opening de Madoka, que vi allí por primera vez y que me evoca continuamente los paseos entre las múltiples plantas de los edificios de Akihabara, o el de Totoro, pues la gente paseaba por las calles de tiendas entre la multitud tocando esta canción. Otras, sin embargo, no tienen razón aparente, simplemente la sensación que me transmiten me recuerdan a sensaciones vividas allí.



E incluso hay un último grupo que no son canciones reconocibles, sino sintonías que escuchabas a diario (en el FamilyMart, en las estaciones del metro...) y que se pegaban de tal manera que incluso ahora puedo acordarme de ellas. Eso sin olvidarnos del Irasshaimase! (bienvenidos) eterno que los japoneses repetían cada vez que entrabas a su tienda, acompañándolo de la oportuna reverencia.
Olores como el del curry en los deliciosos platos de arroz del CoCo me sitúan en las avenidas de Shinjuku, caminando cebado de comida y aún así con el apetito abierto por los olores que salían de las tiendas.

Recuerdo con gran cariño restaurantes como el recién mencionado CoCo, los bares de sushi donde tu pedido llegaba en shinkansen, todos los lugares donde poder pedir en la maquinita de fuera un buen tazón de arroz acompañado por carne o algas, o aquel lugar en Miyajima donde comimos un ramen picante al lado de la pagoda de cinco pisos. Y por supuesto algo que echaré muchísimo de menos, y que podía encontrarse allí en la gran mayoría de restaurantes: las réplicas de cera, exactamente iguales al plato real y con el precio al lado para evitar confusiones. El poder entrar al local sin tener ni remota idea de japonés y señalarle al encargado con el dedo lo que se quería comer, como un niño pequeño cuando apuntan a algo diciendo "yo quiero eso".

Y los paisajes. No sólo en lo que respecta a la naturaleza (que también, véase por ejemplo Miyajima, Nara, el Parque de Ueno o el templo de Fushimi Inari), sino a los paisajes de todo tipo: templos, museos, rascacielos, edificios llenos de anime...y Japón de noche. Poder contrastar el misticismo de ver un templo cuando la luz se está acabando con la magnificencia de ver edificios de varias plantas plagados de luces de neón de todos los colores. En general, son imágenes que se te quedan grabadas en la retina, y que querrás volver a ver. Un viaje no vale.

A menudo, cuando hablo de Japón hay gente que suele insinuar que no todo en Japón es genial. Lo sé, soy perfectamente consciente de ello. En Japón, como en España o en cualquier otro país, hay cosas que me gustan más, otras que me gustan menos y otras que no me gustan nada. El cruel procedimiento que hay detrás de la obtención de aletas de tiburón, la xenofobia (que no racismo) de la que se les acusa a menudo (y de la que se podía hablar largo y tendido realizando comparaciones con muchos otros países que superan de largo su nivel de discriminación al extraño), el no saber realmente qué está pensando un japonés cuando habla contigo o el excesivo control del protocolo sobre la vida pública y privada hasta el punto de provocar una reacción contraria que desemboque en una explosión de diversas y extrañas filias podrían citarse como algunos de los inconvenientes.

Pero no se puede pedir de un país que todo sea perfecto. Todos aquellos que defienden que Japón (extensible a cualquier país) es perfecto y de ese país les gusta todo es porque seguramente no se han molestado en conocerlo a fondo. Todos los países tienen sus pros y sus contras, y creer lo contrario es negar la realidad.

Ahora bien, a sabiendas de estos inconvenientes, ¿compensa ir a Japón? Eso depende de cada uno. En mi opinión sí, sin duda alguna. Los demás países que he visitado en mi vida me han gustado en mayor o menor medida. Cada uno de ellos tenía cosas buenas y malas a partir de las cuales me era posible tener una valoración o impresión general de lo que me había parecido. Pero sólo ha sido en este caso cuando me he dicho: "aquí es donde quiero vivir". Porque de realizar cada año un par de viajes a diferentes lugares he preferido llevar a cabo una sucesión de dos fases: ahorrar y viajar a Japón. No puedo evitarlo, me encanta el país, y si es por la esperanza de volver a visitarlo, no me importa hacer algún que otro sacrificio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario